De manera acelerada se está configurando la imagen de Ecuador como un país cuyo pueblo está sumido en una crisis con ramales en lo económico, educativo, cultural y administrativo, potenciado como un estado de inseguridad propiciado por la intestina ambición política de enfermizos ambiciosos de poder.
Los iluminados salvadores de la Patria, rasgándose las vestiduras preparadas para la ocasión, saltan con mucha más frecuencia cuando se aproximan tiempos electorales, adaptándose a las circunstancias para abonar el terreno en busca de potenciales votantes.
Es la estrategia de siempre, la que nos tiene sumidos en el temor y el desconsuelo, con la consigna de buscar el triunfo sin los cambios mayores que tiendan a devolverle a la nación el estado de respeto, de libertad y laboriosidad que requiere superar los población para encontrar una paz conciliadora y duradera, difícil de lograr con los decrépitos sistemas que minimizan y subyugan a la mayoría ciudadana.
Y aquí es donde esa mayoría debe hacer un despertar de conciencia, sacudiéndose de aquella inercia mental que facilita al ambicioso el aprovechamiento del bienestar ajeno, y meditar que sus derechos no son dádivas a recibir de los cuenteros de turno. Y luchar porque sean respetados como actores básicos del estado democrático.
Por eso hay que estar consciente de que para enfrentar un problema delictivo y económico que amenaza la estabilidad, lo primero es que la ciudadanía asuma un rol activo y responsable. Eso implica unidad y cohesión social: dejar de lado diferencias políticas, ideológicas o de cualquier índole y trabajar juntos por el bien común.
La confianza en las instituciones (policía, justicia, gobierno) debe reforzarse mediante la comunicación transparente, denunciando delitos, colaborando con las autoridades y participando en espacios de diálogo y veeduría ciudadana. Además, fomentar una cultura de paz y resolución pacífica de conflictos reduce la espiral de violencia y genera un ambiente propicio para soluciones duraderas.
Al mismo tiempo, es clave promover la educación, la capacitación y el emprendimiento. Un pueblo con oportunidades laborales y acceso a servicios básicos (salud, educación, seguridad) es menos vulnerable a la delincuencia y a la desesperanza. La participación ciudadana en proyectos de desarrollo local, la creación de redes de apoyo comunitario y la exigencia de políticas públicas efectivas son pasos que, combinados con una justicia firme y transparente, pueden revertir la crisis. La resiliencia colectiva y la solidaridad entre vecinos son el motor que transforma una situación crítica en una oportunidad de reconstrucción nacional.
