dinastías cafeteras y control territorial

dinastías cafeteras y control territorial


05 de marzo de 2026 • 09:58

4 minutos de lectura

Freddy Solórzano

Freddy Solórzano

Redacción ED.

Durante las décadas de 1950 y 1960, la economía del café en el sur de Manabí movilizaba a cerca de 50.000 pequeños productores, lo que representaba más del 10% de la población provincial.

Eran campesinos que cultivaban el grano en condiciones precarias, carentes de capital y de respaldo estatal para tecnificar sus fincas. Su esfuerzo alimentaba una extensa cadena de valor que culminaba en los patios y piladoras de Manta, donde las élites consolidaban su dominio.

La investigación doctoral de María Cuvi Sánchez, titulada “Los patriarcas del café: la formación de una élite en Manta (Ecuador) en la primera mitad del siglo XX”, examina cómo esta economía no solo generó riqueza, sino que estructuró un sistema social profundamente estratificado.

El intermediario: El eslabón del control

En la base del sistema, los productores dependían de intermediarios que los “enganchaban” mediante préstamos para financiar la siembra. Estos créditos alcanzaban intereses de hasta el 40%.

A esta carga financiera se sumaban prácticas irregulares, como el fraude en el pesaje del grano, perpetuando un ciclo de dependencia. El productor entregaba su cosecha comprometida de antemano, casi siempre en condiciones desfavorables.

En cantones como Jipijapa, el apellido de ciertos intermediarios se volvió sinónimo de poder: ellos compraban, prestaban y fijaban las reglas. Esta relación se blindaba con vínculos de compadrazgo y lealtad personal, ocultando mecanismos de control económico, señala Cuvi.

Así, mientras la ciudad progresaba al ritmo del comercio exterior, el campo permanecía atrapado en un sistema que concentraba la rentabilidad únicamente en el eslabón final: la exportación.

“Las calludas”: El trabajo invisible de las mujeres

El café llegaba a Manta en camiones Ford 600. Allí, las Casas exportadoras utilizaban inmensos patios de cemento para el secado. Esta etapa era crítica: si el grano tocaba tierra, absorbía un olor “terroso” que provocaba el rechazo de los compradores en Estados Unidos o Europa.

Tras el secado, emergía una figura crucial y poco reconocida: “las calludas”. Este nombre aludía a los callos formados en sus nalgas tras jornadas extenuantes sentadas sobre el cemento.

Con una tablita apoyada en las piernas, separaban meticulosamente los granos negros o quebrados de los enteros. Era un trabajo minucioso y repetitivo, realizado bajo un sol inclemente y el polvo constante del café.

Aunque los patios eran espacios de socialización femenina, su labor se naturalizaba como un simple “componente del engranaje”, sin el reconocimiento salarial ni social debido. Sin embargo, su precisión era la que garantizaba la calidad exigida por los mercados internacionales.

El orden patriarcal y la modernización

El sistema de género organizaba rígidamente las funciones sociales. En la élite mantense, el espacio público era dominio exclusivo de los patriarcas y sus hijos varones, encargados de la dirección empresarial y la política. Las mujeres de la élite quedaban relegadas al ámbito privado, como custodias del hogar y del prestigio familiar.

Esta división trascendía lo doméstico. Las relaciones entre los jóvenes de la élite y las trabajadoras de los patios estaban marcadas por jerarquías de clase y género que, en ocasiones, derivaban en abusos naturalizados por el orden social vigente.

En la década de 1970, las escogedoras comenzaron a organizarse sindicalmente para exigir mejores salarios y seguridad social. La respuesta de la industria fue la modernización: se introdujeron los “ojos mágicos”, maquinaria que automatizaba la selección del grano.

En este contexto, la tecnología no buscó aliviar la carga laboral, sino desplazar la mano de obra femenina organizada.

Un auge de cara al mar

En el plano internacional, la creación de la Organización Internacional del Café (OIC) en 1963 introdujo el sistema de cuotas. En Ecuador, la asignación de estos cupos por parte del Estado fomentó el tráfico de influencias y la aparición de cooperativas ficticias que revendían sus permisos a las grandes Casas, indica Cuvi en su investigación.

La élite exportadora vivió siempre “de cara al mar”, pendiente de la Bolsa de Nueva York y distante de la realidad social y ambiental del campo. El auge del “oro verde” dejó una Manta moderna y prestigiosa, pero también una estructura jerárquica donde el género, la clase y el poder se entrelazaron para sostener el dominio de unos pocos sobre el esfuerzo de muchos.

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