A María Melo Lucas, su mamá la llevó a trabajar cuando tenía 14 años. No hubo un primer día especial ni instrucciones largas. Solo el piso, el café y el sol. “No importaba”, dice ahora, a sus 79 años. Así empezaba la vida de las calludas: sentadas durante horas, separando granos, mientras Manta crecía sin mirarlas. Y la jornada terminaba cuando se ponían de pie.
El apodo de “las calludas”, repetido a gritos por los hombres de las piladoras de café, tenía algo de burla y algo de verdad. Pasaban tantas horas sobre el cemento que se decía que les salían callos en las nalgas. María, con su voz bajita por las enfermedades que padece, responde: “A mí no”, como restándole peso a una dureza que fue cotidiana.
Rutina y precisión sobre el cemento
Las jornadas empezaban temprano: de ocho de la mañana al mediodía. Luego, a casa a comer, y de vuelta desde las dos hasta las seis de la tarde. Todo el día en el piso. Todo el día con el café. El cuerpo se acostumbraba; el tiempo, también.
El trabajo parecía simple, pero exigía precisión. Había que separar las pepas buenas de las malas: las negras, las quebradas y las livianas iban a un tarro; las buenas, a un saco. De esa selección minuciosa dependía la calidad del café que viajaría a Estados Unidos y Europa.
“Había revisadoras”, cuenta María. Algunas supervisaban; todas venían de los mismos barrios que se formaban en Manta.
Eran más de mil mujeres. Más de mil cuerpos alineados en grandes patios de cemento, conversando mientras trabajaban. Porque sí, en medio del ruido seco del grano, también se hablaba: de la casa, de los hijos, de la vida. Así, entre café y sol, se iba tejiendo una comunidad.
El auge de Manta y la herencia del suelo
“Uno se acostumbraba al trabajo y a estar sentada”, dice María. Y en esa frase cabe todo: la necesidad, la resistencia, la forma en que el trabajo termina volviéndose parte del cuerpo.
María estuvo allí veinte años. Mientras tanto, el café transformaba a Manta. Desde los años veinte, los sacos bajaban desde los campos de Manabí y llenaban el puerto de movimiento. Las empresas familiares crecían, los llamados patriarcas del café acumulaban poder y la ciudad se expandía.
Pero esa prosperidad tenía otra cara: la de las calludas, invisibles en la historia oficial.
Ellas trabajaban primero en los bajos de casas de familias acomodadas y luego, cuando el negocio creció, en grandes piladoras. Para protegerse del sol, se cubrían la cabeza con pañuelos o sacos. El tiempo se medía en montones de granos, en sacos llenos, en jornadas que parecían repetirse sin fin.
Era un oficio de mujeres. También de herencias. “Mi mamá y mi hermana trabajaban ahí”, recuerda María, que sufre de hipertensión, diabetes y casi ha perdido la visión. Dos generaciones en su familia unidas por el mismo suelo.
Huelgas y el fin de una era manual
Pero nada dura para siempre. En la década de 1970, bajo la influencia de dirigentes sindicales, las trabajadoras iniciaron huelgas y reclamos para exigir su afiliación al seguro social y mejores salarios. Los líderes sindicales denunciaban las duras condiciones en las que estas mujeres, “calludas”, sostenían la riqueza de las casas exportadoras.
Algunas consiguieron la afiliación. María, por ejemplo, sí fue asegurada. Luego, las máquinas llegaron para reemplazar a muchas mujeres.
Las maquinarias eran las llamadas “ojos mágicos”: clasificadoras automáticas que hacían en minutos lo que antes tomaba horas. Frente a ellas, la paciencia de las calludas dejó de ser necesaria.
Después vinieron los cierres. Las piladoras empezaron a desaparecer en Manta, entre la caída de los precios internacionales, la falta de modernización y otras presiones económicas.
Una huella persistente en la memoria
“Nos despidieron”, dice María, sin dramatismo. Ella siguió trabajando. Se fue a una fábrica de pescado, donde pasó más de 25 años. Cambió el café por el mar, el piso por otra rutina, pero no dejó de trabajar nunca.
Hoy, cuando mira hacia atrás, no habla de injusticia ni de nostalgia exagerada. Habla de lo que fue: de los días largos, del calor pegado a la piel, de las conversaciones que hacían más corta la jornada, del café pasando, una y otra vez, entre sus manos.
Las calludas sostuvieron una parte fundamental de la economía de Manta sin aparecer en los libros ni en las fotografías elegantes de la época. Mientras otros acumulaban prestigio y riqueza, ellas afinaban, grano a grano, el producto que cruzaría el océano.
Su historia no está en los barcos ni en los apellidos poderosos. Está en el suelo. En ese cemento donde se sentaron durante años y donde dejaron algo más que callos: una huella silenciosa, persistente, en la memoria de la ciudad.
