En Gaza, cada amanecer parece una prolongación cruel de la noche anterior. Las mujeres avanzan entre escombros y recuerdos mutilados, sosteniendo con las fuerzas que aún no se les rompen a los niños que dependen de ellas. Son —como resume la jefa humanitaria de ONU Mujeres— “la última línea de protección en un lugar donde la seguridad ya no existe”.
La jefa humanitaria de ONU Mujeres, Sofía Calltorp, recorrió ese territorio devastado durante días. Vio cosas que ningún visitante olvida y que las mujeres locales ya no tienen espacio emocional para narrar con detalle. “La guerra no ha terminado”, le repetían una y otra vez, como quien ya no intenta convencer a nadie, solo constatar lo obvio.
Ser mujer en Gaza es vivir bajo un techo que deja pasar el frío, o directamente no tener techo. Es proteger a los hijos del hambre y de la metralla, aunque la protección sea apenas una ilusión en una franja de tierra donde la seguridad desapareció hace tiempo. Calltorp lo describió con una frase: “Ser mujer aquí es ser la última línea de protección” en una de las publicaciones de las Naciones Unidas en su página web.
La tregua que no alcanza para respirar en Gaza
Aunque existe un alto el fuego, los ataques no cesan del todo. Siguen matando, siguen mutilando, siguen obligando a las familias a desplazarse de un rincón destruido a otro apenas menos devastado. Calltorp contó que todas las mujeres que conoció habían perdido al menos a dos familiares. La muerte se ha vuelto tan cotidiana como el polvo que cubre cada calle. Los niños crecen aprendiendo a diferenciar los sonidos de los drones, como si fuese parte de su educación básica.
Las mujeres arrastran a los pequeños y a los ancianos mientras huyen por enésima vez, y aun así mantienen la compostura suficiente como para no derrumbarse frente a ellos. No lloran porque ya no queda tiempo; no gritan porque nadie vendrá.
Más de 57.000 mujeres son ahora cabeza de familia. Son jefas de un hogar sin paredes, madres que deben decidir si el pan se divide en trozos aún más pequeños o si se guardan los restos de un día para el siguiente. La miseria se convirtió en matemática.
El hambre con un precio absurdo
La comida existe, pero no para ellas. La guerra ha impuesto una economía de supervivencia: un huevo cuesta dos dólares, una cifra que roza la burla para quienes ya no tienen ingresos. Calltorp relató la historia de una mujer cuya casa fue convertida en polvo. Cada mañana vuelve a los escombros con una determinación aterradora: arranca trozos de madera de lo que alguna vez fueron las puertas de su hogar para usarlos como leña. Quema, literalmente, los restos de su vida para alimentar a sus hijos.
Las tiendas improvisadas donde muchas familias viven no son refugios: son trampas de humedad. El agua se filtra, empapa, congela. Los niños tiemblan toda la noche y, al amanecer, la ropa sigue húmeda. No hay mantas suficientes, no hay medicinas, no hay forma de evitar que una fiebre se convierta en una amenaza tan grave como una explosión.
A eso se suma una herida colectiva imposible de dimensionar. Los bombardeos han dejado a más de 12.000 mujeres y niñas con discapacidades permanentes. Algunas perdieron la movilidad, otras la vista, otras la estabilidad emocional. Todas perdieron algo que nunca regresará.
Una economía pulverizada
Mientras las mujeres sostienen a sus familias con manos exhaustas, Naciones Unidas publicó un diagnóstico devastador: la economía palestina ha sido pulverizada. No destruida: pulverizada. El Producto Interno Bruto de Gaza cayó un 83% en 2024 y la inflación llegó al 238%. En la práctica, esto significa que la gran mayoría de los productos esenciales son inaccesibles para casi todos los habitantes.
El desempleo alcanza el 80%, y los 2,3 millones de gazatíes han caído por debajo del umbral de la pobreza. La ONU calcula que la crisis ha hecho retroceder 69 años de desarrollo humano. Setenta años borrados en menos de dos.
Nada queda en pie: ni la infraestructura, ni la economía, ni el sistema educativo, ni el tejido social. Y aun en el escenario más optimista de ayuda internacional, Gaza tardaría décadas en regresar a las condiciones previas a octubre de 2023. Décadas.
Los cuerpos como campo de batalla
Las cifras de víctimas son casi imposibles de procesar: cerca de 70.000 palestinos muertos y más de 170.000 heridos desde octubre de 2023. No son estadísticas: son personas. Son cuerpos arrancados de la vida; son madres que ya no volverán a abrazar a sus hijos; son niñas que ahora deberán criar a sus hermanos. Es una generación marcada por cicatrices que no sanarán ni con tiempo ni con paz.
Un mundo que mira y no actúa
Calltorp lo resumió con una frase que cae como un golpe seco: “El mundo no debería mirar hacia otro lado”. Pero lo hace. Mira, observa, comenta, pero no actúa con la urgencia que Gaza necesita. Mientras tanto, las mujeres siguen cargando con la responsabilidad de sostener lo insostenible. Mantienen encendida la vida en un territorio que parece empeñado en apagarse.
Son ellas quienes recogen la leña entre escombros, quienes buscan agua en bidones agujereados, quienes velan a sus muertos y luego siguen caminando. En un lugar donde casi todo está destruido, las mujeres de Gaza permanecen en pie.
