China

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A las cuatro de la madrugada, cuando la Ciudad Prohibida aún respiraba incienso y silencio, una mujer se sentaba a gobernar China sin que nadie pudiera mirarla a los ojos. Cixí tomó decisiones que marcaron el destino de casi un tercio de la humanidad durante 47 años. Concubina, madre, regente, emperatriz viuda. Para algunos, una tirana despiadada; para otros, la arquitecta silenciosa de la China moderna.

Nació en Pekín el 29 de noviembre de 1835 con el nombre de Yehonala, hija de un oficial. No fue la niña predilecta de su familia ni parecía destinada a la grandeza. Sin embargo, a los 14 años su nombre fue incluido en la selección de concubinas para el emperador Xianfeng. Entre más de sesenta jóvenes, fue elegida. Entró a la Ciudad Prohibida en un carromato cerrado, dejando atrás su vida para convertirse en Yi, “la ejemplar”.

Escaló posiciones en el imperio chino

En el harén imperial aprendió pronto que sobrevivir era un arte. Escaló posiciones con paciencia y astucia hasta convertirse en una de las favoritas del emperador. El giro decisivo llegó en 1856, cuando dio a luz al único hijo varón de Xianfeng: Tongzhi. Desde ese momento, Yi dejó de ser una concubina más y pasó a ser una pieza central del poder.

La muerte del emperador en 1861, tras la humillación de China frente a franceses y británicos en la Segunda Guerra del Opio, dejó al imperio en manos de un niño de cinco años. Ocho regentes fueron designados para gobernar, pero Yi y la emperatriz oficial, Zheng, se negaron a aceptar un papel secundario. Con inteligencia política y sin derramar sangre, lograron acusar a los regentes de traición y destituirlos. Ese año, Yi se rebautizó como Cixí, “bondadosa y alegre”, y Zheng como Ci’an. Ambas se convirtieron en emperatrices regentes.

Mientras Ci’an se ocupaba de los rituales y la vida palaciega, Cixí gobernaba de facto. Recibía a los ministros tras una cortina: ellos se inclinaban ante una silla vacía, pero sabían quién mandaba. Su lema fue claro: ziqiang, “hacer fuerte a China”. Entendió que el aislamiento condenaría al imperio y promovió reformas cautelosas pero decisivas.

La modernidad en China

Durante su gobierno se introdujeron el telégrafo, el correo moderno, la electricidad, la minería del carbón y la modernización del ejército. Sin embargo, su respeto por la tradición retrasó avances como el ferrocarril, al considerar que podía ofender a los ancestros.

La muerte prematura de Tongzhi a los 19 años —oficialmente por viruela, aunque rodeada de rumores— obligó a Cixí a repetir la estrategia política. Eligió emperador a su sobrino Guangxu, a quien adoptó formalmente. Cuando el joven alcanzó la mayoría de edad, intentó gobernar por su cuenta e impulsar reformas profundas.

Ese intento fue breve. Tras la derrota frente a Japón y el fracaso de la Reforma de los Cien Días, Cixí lo confinó dentro del palacio y retomó el control absoluto del poder imperial.

La influencia extranjera

El episodio más oscuro de su mandato llegó con la Rebelión de los Bóxers en 1900. En un intento por frenar la influencia extranjera, toleró un movimiento violento que terminó en desastre. Derrotada por una coalición occidental, China fue obligada a pagar una indemnización histórica. Cixí huyó de Pekín, pero logró regresar al poder.

De esa experiencia extrajo una lección decisiva y aceleró las reformas. Se prohibió el vendado de pies, se impulsó la educación femenina, se permitió la libertad de prensa y se anunció la futura instauración de una monarquía constitucional.

No llegó a verla concretarse. Cixí murió en 1908, un día después de ordenar el envenenamiento de Guangxu, a quien consideraba una amenaza para la estabilidad del imperio. Antes de morir, designó heredero a un niño de dos años, Puyi, quien se convertiría en el último emperador de China.

Cuatro años después, el sistema imperial colapsó definitivamente. Durante décadas, la historia retrató a Cixí como una villana. Hoy, nuevas investigaciones y documentos revelan una figura más compleja: una mujer que gobernó desde las sombras, atrapada entre la tradición y la modernidad. Detrás del biombo, Cixí no solo escuchó la historia: la escribió. (10).

 

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