Para millones de personas, la Madre Teresa de Calcuta encarnó la compasión llevada al extremo; para otros, su obra dejó preguntas incómodas sobre la forma en que se ejerció la caridad. Canonizada en 2016, menos de dos décadas después de su muerte, su vida continúa siendo un territorio donde conviven la veneración, la controversia y la complejidad humana.
Nacida en 1910 como Anjezë Gonxhe Bojaxhiu, de familia albanesa, en la actual Macedonia del Norte, perdió a su padre siendo niña y conoció tempranamente la precariedad. Esa experiencia marcó su acercamiento a la Iglesia y, a los 12 años, la decisión de consagrarse a la vida religiosa. Antes de cumplir los 20 se trasladó a la India, donde comenzó como maestra en Calcuta, una ciudad que se convertiría para siempre en parte inseparable de su identidad.
La fundación de su organización
La miseria que encontró allí —acentuada por la hambruna de Bengala de 1943— fue el punto de quiebre. Calles repletas de cadáveres, enfermos abandonados y excluidos sociales dejaron una huella que definiría su misión. En 1950 fundó las Misioneras de la Caridad, una congregación dedicada a atender a los llamados “más pobres entre los pobres”: moribundos, leprosos, huérfanos y personas sin hogar, en una sociedad marcada por profundas desigualdades.
Vestida con un sencillo sari blanco de borde azul, la Madre Teresa comenzó a ser conocida por su cercanía física con el sufrimiento. Su trabajo trascendió fronteras y credos. En pocos años, su congregación se expandió por el mundo y hoy reúne a unas 4.500 religiosas en más de 130 países. Su figura fue celebrada incluso por gobiernos no cristianos, y su capacidad de diálogo le permitió actuar en contextos políticos y religiosos diversos.
El reconocimiento internacional alcanzó su punto más alto en 1979, cuando recibió el Premio Nobel de la Paz. Para sus defensores, el galardón reconoció un humanismo radical, una entrega sin cálculo. Historias como aquella en la que afirmó que no cuidaría a un moribundo ni siquiera por un millón de dólares, sino “por amor”, reforzaron su imagen como referente moral de alcance global.
El cuestionamiento a la gestión
Sin embargo, a medida que crecía la admiración, también surgieron las críticas. Médicos, periodistas e investigadores comenzaron a cuestionar las condiciones sanitarias de los hogares gestionados por su congregación. Se denunciaron carencias en la atención médica, falta de analgésicos y prácticas que priorizaban el acompañamiento espiritual por sobre el tratamiento clínico. Para algunos críticos, esos espacios funcionaban más como refugios para morir que como centros de recuperación.
El origen y destino de las donaciones millonarias fue otro foco de polémica. El periodista británico Christopher Hitchens acusó a la Madre Teresa de aceptar dinero de personajes vinculados a fraudes financieros y dictaduras, como la familia Duvalier en Haití o el banquero Charles Keating. También señaló la ausencia de balances públicos de las Misioneras de la Caridad, pese a manejar grandes sumas de dinero.
En 1994, Hitchens y el periodista Tariq Ali estrenaron el documental Los ángeles del infierno, una producción que sacudió la imagen pública de las organizaciones fundadas por la Madre Teresa. La obra expuso una realidad muy distinta a la narrativa heroica que dominaba entonces el imaginario global.
El documental incorporó testimonios clave, como el del médico británico Jack Preger, quien trabajó directamente con la congregación. Preger relató prácticas que, según su experiencia, comprometían gravemente la atención médica: agujas reutilizadas sin esterilización, pacientes con quemaduras sin acceso a analgésicos y una atención sanitaria mínima pese a contar con recursos suficientes. Había dinero para montar un hospital digno para los pobres, pero nunca se hizo, afirmó.
Según el médico, el alivio del dolor era sustituido con frecuencia por oraciones, bajo una visión espiritual que concebía el sufrimiento como parte esencial de la experiencia humana. Esa lógica, resumida en la frase atribuida a la Madre Teresa —“para que el amor sea real, tiene que doler”— se convirtió en uno de los aspectos más controvertidos de su doctrina y alimentó un debate que aún hoy divide opiniones sobre su legado.
Las dudas de la fe de la Madre Teresa de Calcuta
A esta complejidad se sumó una revelación inesperada. En 2003, la publicación del libro Ven, sé mi luz, basado en cartas privadas, mostró que durante años la Madre Teresa vivió una profunda crisis espiritual. En sus escritos confesó no sentir la presencia de Dios, describiendo su experiencia como una “gran oscuridad”. Para teólogos y hagiógrafos, se trató de la llamada “noche oscura de la fe”, vivida por otros místicos; para muchos fieles, una prueba de su humanidad.
El papa Francisco la canonizó el 4 de septiembre de 2016, destacando su servicio a los más vulnerables. La rapidez del proceso no acalló las controversias, pero consolidó su lugar en la historia de la Iglesia. Hoy, la figura de Madre Teresa sigue siendo un espejo incómodo: símbolo de amor radical para unos, ejemplo de una caridad discutida para otros. Entre luces y sombras, su legado continúa interpelando al mundo sobre cómo ayudar, a quién y a qué costo.
