Rafael Escalona

Rafael Escalona


El 13 de mayo de 2009 amaneció distinto en Colombia. En la Clínica Santa Fe, en Bogotá, donde llevaba varios días internado por complicaciones cardíacas y renales, murió Rafael Escalona, el juglar mayor del vallenato. Tenía 81 años y un país entero dispuesto a cantar sus canciones como quien reza un credo aprendido desde la infancia. No era solo un compositor: era una memoria viva, un contador de historias que puso en melodías lo que otros apenas alcanzaban a sentir.

Nacido en Patillal, en el corazón del Cesar, Escalona surgió de esa tierra donde el vallenato no se aprende: se respira. Allí, entre parrandas familiares, tardes de sol inclemente y noches de historias interminables, comenzó a componer lo que después sería patrimonio afectivo del país: La casa en el aire, El testamento, La brasilera, La Custodia de Badillo, Dina Luz, y una lista tan larga que parece canción de juglar.

En medio de una parranda, Escalona encontró a su amigo, el pintor Jaime Molina, bastante molesto. Cuando le preguntó a qué se debía su disgusto, este le respondió: “Tú solo les compones canciones a las mujeres, pero nunca a tu amigo”. Entonces Escalona le compuso ese himno a la amistad llamado Jaime Molina:

Recuerdo que Jaime Molina,
cuando estaba borracho, ponía esta condición:
que si yo moría primero me hacía un retrato,
o si él se moría primero le sacaba un son,
que si yo moría primero me hacía un retrato,
o si él se moría primero le sacaba un son.

La telenovela sobre Rafael Escalona

La muerte de Escalona dejó un vacío que incluso alcanzó a los despachos del poder. El entonces presidente Álvaro Uribe lo despidió con palabras solemnes: “La vida de Escalona fue un homenaje que la naturaleza hizo al patriotismo, a la amistad, a la familia”. Era un reconocimiento justo para quien había logrado que su música trascendiera lo cotidiano y se incrustara en la literatura, la televisión y la política.

Gabriel García Márquez lo inmortalizó en su libro Cien años de soledad con apenas una frase: “los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del obispo”. Bastó eso para que entrara para siempre en el universo mítico de Macondo. La realidad, sin embargo, no se quedaba atrás: en 1991 su vida se convirtió en una serie de televisión protagonizada por un joven Carlos Vives, entonces cantante de baladas, que terminó convertido en la gran figura internacional del vallenato.

Según el propio Escalona, Vives le debe al género más de lo que el género le debe a él. “Carlos cantaba baladas. Cuando iban a hacer la novela yo exigí que eligieran a un muchacho provinciano que supiera cantar vallenatos. A mí me tocó escogerlo”, recordaba con orgullo.

Cuando le preguntó cuántos vallenatos se sabía, Vives respondió que todos, porque los había escuchado desde niño en las parrandas de su padre y sus tíos. La novela fue un éxito continental y el vallenato encontró un nuevo embajador. “Cantando baladas no hubiera llegado a donde llegó”, sentenció Escalona en una entrevista.

Los hábitos del juglar

El juglar tenía su manera particular de explicar el origen de su talento. “Todos recibimos influencias”, decía. Su padre, coronel e intelectual, lo acercó a los clásicos griegos y romanos. Su madre, formada en Europa y políglota, lo crió en un ambiente culto. Escalona bromeaba sobre su capacidad creativa diciendo que no había hecho milagros, pero que había intentado imitar a los grandes que tanto admiraba.

Detrás de la fama cultivaba hábitos sencillos y excentricidades moderadas. No era hombre de borracheras nocturnas, aunque admitía que desde las ocho de la mañana —después del desayuno— cambiaba el jugo de naranja por un trago de whisky Sello Rojo. También confesaba con orgullo su colección de navajas, un recuerdo de sus años como cónsul en la época del presidente López Michelsen.

Y, por supuesto, estaba su vena enamoradora, que se asomaba en canciones y piropos. “Los costeños somos directos”, reía. Lanzaba cumplidos poéticos —“la perla más bonita del fondo del mar”— o francos —“carajo, sí que está buena”— porque en su mundo el amor también era música.

El día de su muerte, su hijo Rafael lo definió mejor que nadie: “Murió feliz”. Tal vez porque sabía que su obra ya no le pertenecía. Era del país, de su gente, de cada parranda en Valledupar y de cada colombiano, ecuatoriano o venezolano que alguna vez tarareó, sin saberlo, la vida de un juglar que convirtió la realidad en canción.

 

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