El 20 de mayo de 2013, Edward Snowden subió a un avión rumbo a Hong Kong con una mochila ligera y una certeza pesada: no volvería a pisar el suelo de Estados Unidos. Tenía 29 años y un secreto capaz de sacudir al mundo. Mientras el avión despegaba, también lo hacía una de las historias más incómodas para el poder norteamericano en el siglo XXI.
Snowden no era un revolucionario de pancarta ni un activista de barricada. Era, ante todo, un experto en sistemas, un joven brillante criado cerca de Fort Meade, Maryland, el corazón de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA). Nació el 21 de junio de 1983 en Elizabeth City, Carolina del Norte, en una familia con tradición militar y vocación de servicio público. Creció entre computadoras, líneas de código y una fe temprana en que la tecnología podía hacer del mundo un lugar mejor.
El ataque a las Torres Gemelas
El 11 de septiembre de 2001 fue un punto de quiebre. Mientras observaba por televisión cómo las Torres Gemelas se desplomaban, Snowden sintió que debía “hacer algo más”. Se alistó en el Ejército con la intención de ingresar a las fuerzas especiales, pero una lesión en la rodilla truncó ese camino. Volvió entonces a lo que sabía hacer mejor: trabajar con sistemas. Primero como guardia de seguridad en instalaciones secretas, luego como especialista en seguridad informática para la CIA y, finalmente, para la NSA.
Desde dentro, fue testigo privilegiado de la maquinaria invisible del poder. Programas capaces de recolectar correos electrónicos, llamadas telefónicas, historiales de navegación y metadatos de millones de personas en todo el mundo, sin distinción de nacionalidad ni rango. Presidentes, diplomáticos, ciudadanos comunes: nadie estaba fuera del radar. Aquello que se justificaba como defensa nacional tras el 11-S había mutado, a los ojos de Snowden, en un sistema de vigilancia masiva permanente.
La información llegó a los medios
Durante años acumuló documentos, evaluó riesgos y luchó con una crisis de conciencia. En 2013 decidió actuar. Contactó a periodistas de The Guardian y The Washington Post y entregó pruebas que revelaron la magnitud del espionaje global estadounidense. Al principio, la fuente era un misterio. Días después, Snowden dio un paso más al frente y reveló su identidad: “No tengo nada que ocultar”, dijo. Sabía que ese gesto lo convertiría en fugitivo.
La reacción fue inmediata. El gobierno de Estados Unidos lo acusó de violar la Ley de Espionaje de 1917, que prevé penas de hasta cadena perpetua. Para Washington, era un traidor. Para otros, un “soplón” que había cumplido con un deber moral: informar a la ciudadanía sobre lo que se hacía en su nombre y, muchas veces, en su contra.
El impacto fue global. Se abrió un debate profundo sobre privacidad, seguridad y límites del poder estatal. Empresas tecnológicas reforzaron la encriptación, los usuarios comenzaron a proteger sus datos y algunos programas de la NSA fueron revisados o cancelados. Snowden, mientras tanto, inició un exilio forzado. Tras Hong Kong, quedó varado en Moscú, donde reside desde 2013.
En septiembre de 2022, el presidente Vladimir Putin le concedió la ciudadanía rusa. Snowden ya no es ciudadano estadounidense. Desde el exilio, lejos de desaparecer, su voz se amplificó.
Edward Snowden y su libro
En 2019 publicó Vigilancia permanente, un libro editado simultáneamente en más de 20 países, donde relata cómo ayudó a construir el sistema que luego decidió denunciar. “La lucha por el derecho a la intimidad es la nueva lucha por nuestra libertad”, escribe. En sus páginas se define con claridad: “Antes trabajaba para el gobierno; ahora trabajo para el pueblo”.
Snowden ha sido muchas cosas: soldado frustrado, analista de inteligencia, agente de la CIA, técnico de la NSA y, finalmente, activista por la privacidad. Ha recibido premios internacionales por su servicio público. Para algunos seguirá siendo un traidor. Para otros, un héroe incómodo. Pero nadie discute que, al revelar los secretos del Gran Hermano digital, cambió para siempre la conversación sobre libertad, poder y vigilancia en la era de los datos.
